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miércoles, 14 de agosto de 2013

Museo de la soledad - Carlos Castán

Uno siempre lleva una pequeña libreta donde va apuntando títulos y autores que le gustaría leer. Una lista cada vez más inabarcable y que sabes que nunca vas a completar porque es infinita y caótica. Pero poco importa, sigues añadiendo libros sin cesar. El otro día, en una librería de viejo de Granada, me topé con este libro de Castán, el segundo publicado por el autor y que luego recuperó Tropo Editores. Llevaba años apuntado en mi lista de futuras lecturas, desde que lo descubriera gracias a la ya mítica antología de Páginas de Espuma sobre el cuento en español. Era el momento de saldar cuentas.

Museo de la soledad tiene la misma pátina melancólica y soñadora de Frío de vivir, más cercanos en el tiempo que Polvo en el neón, su obra más reciente hasta la fecha y que, a pesar de que mantiene las mismas señas de identidad de su prosa, está mucho más contenida, más apegada a la realidad. En este libro, al contrario, su mundo se desarrolla mejor en espacios líricos, cualquier vida que podría haber vivido el protagonista es mucho mejor a la que está viviendo, sin duda.

Escenarios algo transitados, pero no por ello menos interesantes o inteligentes por el planteamiento que hace de ellos Castán. El pueblo en verano y la compañía de su hermano, su mejor amigo. Y la chica, aquella que solo ven en la temporada de estío porque luego cada uno vuelve a sus ciudades (Silencio tan de Silvia); aquellas parejas que dejamos atrás por diferentes causas y que pensamos que con ellas las cosas nos hubieran ido mejor, hubiera sido casi idílico (Viaje de regreso. Muchas veces, querida Laura). Pero si tenemos la suerte de haber vivido ese reencuentro vemos que las cosas han cambiado (Las rosas de la noche); o que no han salido como imaginábamos (De la suerte y de las cosas). Personajes, todos, que viven del recuerdo, como la mujer de Casi marino; o el vagabundo de Con sangre entra.

Personajes solitarios, enfermos de melancolía y desganados de realidades. Pura delicia. Deseando leer su primera novela, Mala luz, que saldrá en octubre en Destino.

miércoles, 30 de enero de 2013

Polvo en el neón - Carlos Castán

Este relato contiene todos los ingredientes del cuento clásico norteamericano actual: un marido adúltero, una amante, una carretera, y algo de alcohol. Además, la metáfora tampoco es un derroche de originalidad: la huída contabilizada en kilómetros (millas) como si alejarse de un lugar fuera la solución a tus problemas cuando los problemas los llevas tú, son tu carga y por mucho que aceleres, estos te siguen la estela.

¿Dónde está, pues, lo grandioso de este libro? Por un lado en el continente. En estos tiempos en los que el debate del libro electrónico frente al papel está en pleno auge, algunas editoriales se resisten a que triunfe lo digital con cuidadas portadas, diseños que son pequeñas obras de arte, souvenirs, afiches, cualquier cosa vale para ganar la batalla. Creo que la convivencia se dará (se da) pero no se impondrá lo electrónico. Si no, ¿cómo disfrutar de libros ilustrados, comics, libros de fotografía o, sin ir más lejos, este artefacto híbrido entre nouvelle y catálogo fotográfico? Porque en este libro se dan cita un escritor y un fotógrafo, Dominique Leyva, que retrata la vida de moteles y carreteras, imaginario mítico de la norteamérica más profunda y complemento perfecto de la soledad que se desprende del texto.

Pero si el continente es importante, nada vale sin el contenido. Aquí es donde aparece la figura de Carlos Castán, que retrata con su habitual estilo lacónico y lírico la huída de Quinn por la ruta 66. Al igual que el libro es un híbrido, Castán en esta ocasión se viste del escritor americano Raymond Carver, pero solo en la forma, en la historia, en ciertos planteamientos, pero donde el americano calla, prefiere la elipsis, Castán prefiere la prosa tiznada de melancolía. El texto habla del amor, de sus (im)posibilidades, de sus pocas alegrías y de sus muchas miserias, de lo complicado que es la convivencia sin el deterioro. Una de las claves la podemos encontrar en el siguiente extracto que comienza con un guiño a Carver:

"-¿Quieres hacer el favor de callarte, porfavor?
 -Quinn, escúchame. Es ahora o nunca, hazme caso. Ahora si quieres podemos estar juntos (...) Otra cosa es que no quieras estar conmigo"

En un texto del norteamericano, aquí muy probablemente habría silencio, algún gesto mínimo que nos diera a entender que todo ha finalizado, o un simple salto de párrafo. Sin embargo, Castán continúa:

"-Exacto es eso, Jessica: no quiero estar contigo
 -¿Qué has dicho?, ¿se puede saber qué es lo que has dicho? ¿Puedes repetir eso mirándome a los ojos?
 -Sí, puedo. Claro que puedo: no quiero estar contigo, eso es lo que he dicho. Que me aspen si quiero estar contigo. Odio toda esta mierda de las escapadas románticas y los estuchitos con pintalabios por todas partes y los botes de gel y de esto y de lo otro. Detesto tener que salir al jardín en pleno invierno para darte las buenas noches (...)"

La escena continúa con algunos reproches más. Reproches de los que hasta ahora no era consciente porque a pesar de ser infiel a su mujer la quería. Y la sigue queriendo, pero igual ella a él ya no. Y eso es lo verdaderamente insufrible. Porque amar duele; porque a pesar de comportarnos mal con otra persona y de hacerla sufrir pretendemos que siga estando ahí en todo momento. Y es al devolvernos la jugada cuando nos damos cuenta de que, en realidad, seguimos enamorados. Como dice el narrador en un momento del libro: "Dudar ya es amar".