Prestad atención a lo que voy a contar ahora.
Es difícil resumir el argumento de Yo que he servido al rey de Inglaterra. Podría ser algo así como un chaval aprendiz de camarero que descubre el poder del dinero y cuya finalidad en la vida será hacerse millonario. Y, a partir de aquí, todo estalla. Porque esta novela es una explosión de incontinente verborrea. El protagonista va avanzando en la acción a través de sus experiencias en diversos hoteles. Podría decirse que va prosperando, pero no sabemos muy bien a qué precio, y mucho menos es como él se lo esperaba. Los sucesos más disparatados, inverosímiles y surrealistas se aceptan como naturales: un banquete pantagruélico para el emperador de Abisinia; un niño cuya mayor preocupación es clavar clavos en el suelo; o una abuela que recoge la ropa interior que tiran desde los balcones. Todo es perfectamente válido en el universo de Bohumil Hrabal.
Y, como sucedía en Trenes rigurosamente vigilados, de fondo la reciente historia checa (checoslovaca mejor dicho): la ocupación nazi, la resistencia y el posterior dominio comunista está en esta novela en el trasfondo y se ve perfectamente a pesar de que casi no hay ninguna referencia explícita a los acontecimientos que tuvieron lugar durante la primera mitad del siglo pasado.
¿Os dais por satisfechos? Pues con esto termino por hoy. (Pero no dejéis de leer a Hrabal).
