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viernes, 9 de noviembre de 2012

Bullet Park - John Cheever

En lo que va de este mes de noviembre he logrado acabar un par de novelas y dejar otras dos a la mitad. Ninguna de ellas me han parecido buenas. De una de las acabadas esperaba grandes cosas. Un autor que me había fascinado con su particular voz en sus anteriores libros no he conseguido distinguirle a través de las páginas de este último. De los cuatro libros ha sido, con diferencia, el mejor, pero aún y todo me decepcionó bastante. Quizás por las espectativas. Necesitaba leer un valor seguro. Algo que me reconciliara con la literatura. Leer autores contemporáneos tiene estos riesgos, no leer siempre cosas de primera calidad, pero a cambio compensa y mucho descubrir un nuevo autor, seguirle la pista y verle "triunfar". Pero tú sabes que fuistes uno de los primeros en leerle. Al hilo de esto, creo que algo así pasará con Sara Mesa con motivo del finalista del Herralde. A la gente le gustará el libro, seguro, y luego querrá leer otros libros de la autora. Y yo pensaré que hace años me leí un libro titulado No es fácil ser verde, un libro editado en la colección juvenil de Everest y que descubrí, al César lo que es del César, gracias a las estupendas entrevistas que hacía el escritor Miguel Ángel Muñoz en su blog El síndrome Chéjov y que posteriormente editó Páginas de Espuma. 

Todo este meandro para comentar que he tenido que recurrir a John Cheever para congraciarme de nuevo con la literatura. Si bien es cierto que Cheever es mejor cuentista que novelista, las novelas tampoco desmerecen.

Bullet Park es la residencia de la típica clase media americana, donde la familia Nailles vive su American dream: casita con jardín; un matrimonio medio feliz y sin infidelidades de por medio (más por las circunstancias que por falta de ganas, sobre todo de ella); un trabajo con el que mantiene a la familia (él); y un hijo que no es ni brillante ni torpe, medianero. Un buen día el chico coge una depresión y decide no salir de la cama en un par de meses. La estabilidad soñada se tambalea. Obvio, estaba cogida con hilos. Así la primera parte. El Cheever de los cuentos.

En la segunda (aquí aparece otro Cheever), Hammer nos cuenta su historia. Antes, al principio del libro, se le ha nombrado de pasada: sabemos que ha llegado al barrio para instalarse y ha cruzado un par de frases con Nailles. 

Ahora es su momento en la narración. Nos cuenta su infancia de niño bastardo, su dificil y solitaria existencia, su tormentosa vida sobrellevada a base de alcohol y su obsesión por poseer una casa con una habitación de paredes amarillas donde pueda traducir. En vista de que no puede conseguir una paz espiritual, decide llevar a cabo un plan que planteaba su abuela: matar a un hombre.

La tercera parte el destino de estos dos hombres se cruza. El resto es lectura del libro.

Magistral. Como siempre.

domingo, 29 de abril de 2012

Yo que he servido al rey de Inglaterra - Bohumil Hrabal

Prestad atención a lo que voy a contar ahora.

Es difícil resumir el argumento de Yo que he servido al rey de Inglaterra. Podría ser algo así como un chaval aprendiz de camarero que descubre el poder del dinero y cuya finalidad en la vida será hacerse millonario. Y, a partir de aquí, todo estalla. Porque esta novela es una explosión de incontinente verborrea. El protagonista va avanzando en la acción a través de sus experiencias en diversos hoteles. Podría decirse que va prosperando, pero no sabemos muy bien a qué precio, y mucho menos es como él se lo esperaba. Los sucesos más disparatados, inverosímiles y surrealistas se aceptan como naturales: un banquete pantagruélico para el emperador de Abisinia; un niño cuya mayor preocupación es clavar clavos en el suelo; o una abuela que recoge la ropa interior que tiran desde los balcones. Todo es perfectamente válido en el universo de Bohumil Hrabal.

Y, como sucedía en Trenes rigurosamente vigilados, de fondo la reciente historia checa (checoslovaca mejor dicho): la ocupación nazi, la resistencia y el posterior dominio comunista está en esta novela en el trasfondo y se ve perfectamente a pesar de que casi no hay ninguna referencia explícita a los acontecimientos que tuvieron lugar durante la primera mitad del siglo pasado.

¿Os dais por satisfechos? Pues con esto termino por hoy. (Pero no dejéis de leer a Hrabal).

jueves, 3 de noviembre de 2011

Trenes rigurosamente vigilado - Bohumil Hrabal

En una pequeña estación de un pueblo checo conviven una serie de personajes esperpénticos, a saber: un jefe de estación que aspira a un título nobiliario pero que se pasa las horas de trabajo en un palomar con un uniforme lleno de cagadas de paloma;  un factor que estampa, un buen día, todos los sellos de la empresa en el culo de la telegrafista; la propia telegrafista, que no sabe muy bien las consecuencias que puede traer esto; y el narrador, un joven aprendiz ingenuo cuya propia virilidad pone en duda debido a un episodio desagradable con una chica.

Y fuera se está llevando a cabo la II Guerra Mundial.

Como hilo de unión entre estos dos mundos tan dispares, las vías de tren. Es cuando llegan los vagones cuando descubrimos el horror de la guerra: animales putrefactos, enfermos, soldados de las SS.

Bohumil Hrabal construye una novela cargada de humor negro y episodios desternillantes, como el del bisabuelo, herido de la I Guerra Mundial que vive con un sueldo que le otorga el Estado y que el se lo gasta en una botella de alcohol y cigarros diariamente; con las mismas, se va a reírse de los trabajadores por lo que recibe palizas cada cierto tiempo. Otro episodio divertido es el del abuelo del protagonista, hipnotizador que se plantó delante de los tanques alemanes para, con el poder de su mente, intentar detenerlos. Estos episodios, cercanos al absurdo, recuerdan en mayor o menor medida a Kafka. También se le compara con Hasek, el autor de Las aventuras del buen soldado Svejk.

Como contraste, vemos los estragos de la invasión nazi: explosiones, pasajeros que no llegan a su destino, paisajes desolados.

Esta aparente dicotomía casa muy bien debido al punto de vista del narrador, el aprendiz de factor cuya mirada candorosa consigue que el horror nos parezca aún mayor.

lunes, 3 de octubre de 2011

Lolita - Vladimir Nabokov

Lo cierto es que resulta realmente difícil escribir sobre un libro que lleva más de cincuenta años dando que hablar; donde, por cada hoja escrita por Nabokov en esta novela, una legión ha escrito cientos de trabajos, tesis doctorales, apuntes, y un largo etcétera.

Sin embargo, no me voy a privar de escribir unas cuantas líneas sobre Lolita. Nada de hablar del argumento (que ya lo sabe todo el mundo); nada de hablar de las ampollas que levantó el libro en su día (aún hoy día sigue levantando). Simplemente expresar las sensaciones que han despertado en mí esta novela.

La primera, y la más importante para mí, es la de la reconciliación con la literatura. Esto suena a una chorrada, pero para mí es lo que más sentido tiene. La literatura, lo que yo entiendo por ella, es algo más que unas cuantas cientos de páginas que cuentan algo; es algo más que una serie de personajes y sus relaciones; es algo más que una simple historia; por supuesto, es algo más que un entretenimiento. Para mí la literatura es vida. Y la vida es, de algún modo, literatura. No concibo un mundo donde no pueda leer porque yo aprendo de la literatura. Parte de lo que soy, una gran parte, se lo debo a los libros. Parte de mi forma de ser, de mi forma de actuar o de pensar se ha forjado a base de lecturas.

Es cierto que cuanto más lees, también cuanto mayor te haces, hay menos cosas que te sorprenden. Todos tenemos algún que otro libro que nos deslumbró en su momento y que tenemos miedo de volver a leer por si la sensación no es la misma. Llevaba una larga temporada leyendo libros que no acababan de llenarme del todo. No malos, ni mucho menos, de hecho he leído algunos muy buenos. Pero necesitaba algo más. Ese algo más suele ser algo parecido a lo siguiente: un tipo con un libro entre las manos, abriéndolo al azar, releyendo partes; o tirarse en la cama mirando al techo con la vista perdida y pensando en por qué unas cuantas palabras han logrado que se encuentre en ese estado de medio shock. Eso ha sido precisamente lo que me ha pasado con Lolita.


La segunda sensación que me ha producido el libro es algo más peregrina, por nombrarla de alguna forma: ¿cómo es posible que comprenda a Humbert, que sienta que está completamente enamorado de esa chiquilla de doce años, que, hasta cierto punto, justifique sus acciones?


Solo un genio como Vladimir Nabokov puede conseguir que sientas simpatía por un ser como Humbert Humbert. Humbert no es el malo y Lolita la buena, eso sería muy fácil; Humbert y Lolita son dos personajes de carne y hueso (o de tinta y papel, como queráis) y, como tales, son contradictorios, plenos, complejos, en definitiva, humanos.