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viernes, 24 de abril de 2015

Con el sol en la boca - Matías Néspolo

El Tano Castiglione es el protagonista de esta novela. El Tano Castiglione apenas habla en esta novela. Escucha, piensa, se abstrae, pero prácticamente no dice una palabra. Al comienzo de la novela lo podemos ver comiendo cubitos de hielo como quien come pipas en una reunión con el Negro Brizuela y su novia, la negra Mercedes. Mientras la pareja no deja de mandarse recados con dobles intenciones con el único fin de acabar discutiendo. El Tano quiere marcharse de allí, no solo del bar, sino de la ciudad. Hace más de un mes que no pisa la universidad, su relación con Verónica no va a ningún sitio, y siente un vacío inmenso. Decide quedar con su hermano, del que hace años que no sabe nada, no recuerda ni cómo se llama su sobrino, para pedirle el dinero necesario para empezar una nueva vida en Brasil. Ante la negativa de su hermano, va a ver a su padre, del que tampoco tiene noticias. El padre también le niega el dinero. Como venganza, el Tano se lleva el viejo coche de su padre y un cuadro del que oyó hablar en casa que era valioso. Fin de la primera parte. Fin de la narración en tercera persona. Fin, de alguna manera, de esta novela.

Porque la segunda parte está compuesta por monólogos interiores de distintos personajes que "hablan" por Tano. La Negra Mercedes, Verónica o Movie, un antiguo compañero de pensión, van completando el puzzle, no solo de la figura del protagonista, también de la historia del cuadro. Traiciones, delaciones, persecuciones, vuelta atrás a la Argentina de las dictaduras componen el rompecabezas. 

Matías Néspolo construye una compleja novela llena de matices donde los personajes están muy bien construídos cada uno con su propia voz y su diferente manera de expresar o de usar palabras manidas o vocablos locales. Una estimulante novela donde se le exige un pequeño esfuerzo al lector. Bendito esfuerzo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Leche - Marina Perezagua

LA CONDICIÓN HUMANA

Hace dos años Marina Perezagua publicaba su primer libro de relatos, Criaturas abisales, que tuvo una gran acogida por parte de la crítica y los lectores habituales del género breve. En aquella ocasión, se reunían catorce historias donde ya podíamos apreciar su particular estilo, con ligeros tintes fantásticos y gusto por personajes al borde de la locura. También su querencia por el sexo o, más bien, por la sexualidad.

Con esta nueva colección de, de nuevo, catorce cuentos, Marina Perezagua aprieta un poco más a sus personajes y, dónde en el anterior volumen era maldad, ahora se transforma en crueldad, una crueldad que llega a su máxima expresión en el último relato, el que da título al libro, Leche, donde el lector tiene que detenerse ante la escena que se nos está narrando. Una imagen difícil de borrar de nuestra memoria, y que se basa en un hecho real que ocurrió en la guerra chino-japonesa.

Pero para llegar a este último cuento antes hemos tenido que superar otra serie de escollos no menos desagradables, como la chica que finge su propio funeral para emprender una nueva vida y de paso se entera de lo que pensaban de ella (El alga); una mujer que cuida de un marido desfigurado e irreconocible tras sufrir una explosión (Él); el regreso a casa de una hija para reprochar a su padre su abandono quince años atrás (Aniversario); o el monólogo de un profesor frente a la alumna a la que van a trasplantar el corazón (Transplante). Y, sin embargo, dentro de esas vidas a punto de desmoronarse, de esa inhumanidad y esa dureza casi inherente al ser humano, vislumbramos una especie de halo poético. Así ocurre en Las islas, donde un hombre se echa al mar con una colchoneta hinchable con forma de isla fascinado por una visión lejana a la que, poco a poco, se irá acercando. Como todos los cuentos recogidos en este volumen el final es desgarrador y violento, pero la imagen de una isla de plástico en medio de un océano muestra un fuerte contenido poético y metafórico. O la historia de amor entre una mujer y un minotauro en MioTauro, con un desenlace también estremecedor. Y es que, una de las bazas de estos relatos es la resolución de los mismos; no me refiero a giros inesperados en la última frase, si no más bien a la manera en que Marina Perezagua nos va llevando a un final que sabemos que va a ser duro, pero no tan devastador como para dejarnos sin aliento.

Catorce cuentos, pues, que hablan de la vida y de la muerte, situándose casi siempre a medio camino, en la enfermedad, donde todos somos más vulnerables. Personajes muy humanos llenos de contradicciones donde sacan su peor yo en situaciones de peligro o de anhelo. Al leer los cuentos de Marina Perezagua uno tiene la sensación de que escribir es fácil ya que la escritora teje una serie de historias de difícil factura de una manera tan natural y aparentemente sencilla que te descoloca. Empiecen por el primer cuento, Little Boy, que se sitúa en Hiroshima tras la bomba y lo que cambia la vida de la protagonista, no ya por la bomba en sí, si no por las posibilidades que le ofrece esta barbarie. Lean este primer cuento, como les digo y, si no se sienten atraídos por la manera de narrar de esta sevillana afincada en Estados Unidos, cierren el libro y vuelvan al best seller policíaco. Puede que aún no estén preparados para leer a Perezagua. Si, por el contrario, les gusta y deciden continuar con el libro, tengan cuidado, pueden sentirse identificados con sus personajes.

Reseña publicada en el número 360 noviembre de la revista QUIMERA.

lunes, 22 de julio de 2013

Marina Perezagua - Criaturas abisales

Leyendo el primer cuento ya nos percatamos de la peculiar visión que tiene de la literatura Marina Perezagua. Lengua foránea narra el viaje en avión de una mujer y su compañero de asiento, algo desagradable. Mirando por la ventana, la protagonista descubre una lengua humana merodeando por el exterior y se produce el encuentro entre ambos, músculo y mujer. Claro, depende del tratamiento que le demos al texto puede quedar una cosa horrorosa o un cuento con aroma de clásico. Perezagua consigue esto último. Leemos las páginas de estos cuentos y, no ya es que nos parezca verosímil lo que nos está contando, sino que casi le damos la vitola de real. En la línea de Cortázar con voz y mirada femenina, Marina Perezagua nos demuestra lo fantástico cotidiano, esos resquicios donde se esconde lo anormal dentro de algo tan anodino como un vuelo transatlántico.


En otro relato, con un comienzo memorable, se da una quema masiva de muñecas; en otras ocasiones, se propone un mundo totalmente diferente, como en Nuevo Reino donde el mundo acuático se ha impuesto al mundo terrenal.

Los temas a tratar son universales, solo que Marina Perezagua los reviste de un velo único. Así, en Iluminaria, una pareja ahorra energía teniendo sexo en una alfombra con un generador especial; El rendido, donde una mujer es capaz de llegar hasta las últimas consecuencias con tal de proteger a su amor; o Jana y Juno, un relato de amor tan bello, poético y siniestro, que pone el broche final a un gran libro de relatos.

Otros temas recurrentes en la narrativa de Perezagua (una vez leídos también los cuentos reunidos en Leche, su segundo trabajo) es el sexo, también, como es lógico, bajo la mirada extraña de la autora. Así, en el sexo de unos octogenarios en Bodas de oro o el sexo canibal de De la mar el tiburón, y de la tierra el barón. Por último, la familia, es el tercer tema utilizado en este libro: Desraízame, por favorEl testamento; o La impenetrable  son claros ejemplos.

Llegamos, casi al final de la colección, a un relato que será la espina dorsal del siguiente libro. En La loba, un hombre avanza sin descanso en un futuro apocalíptico y amamanta con su propios pechos a niños hambrientos. Esa Leche, título del segundo libro, estará muy presente en el relato que cierra ese segundo libro, también titulado Leche, y que sirve, a su vez, de hilo de unión del primer relato y de toda la poética de Marina Perezagua, donde se conjuga familia, amor, sexo, deseo, imaginación, y una mirada personalísima en un cóctel explosivo muy recomendable.

jueves, 4 de abril de 2013

Yo, precario - Javier López Menacho

De un tiempo a esta parte caen en mis manos diferentes libros de escritores que rondan los treinta o cuarenta años, con formación universitaria, másters, cursos, conferencias, que desde una primera persona protagonista narran sus vivencias personales. Dos son, al menos lo que he podido ver, los temas a tratar: de un lado la pérdida, como en Luz de noviembre, por la tarde, de Eduardo Laporte o la más reciente La hora violeta de Sergio del Molino. De otro lado, la precariedad laboral. Así, en La tienda y la vida, de Isabel Sucunza; Peaje, de Julio de la Rosa; o este Yo, precario, de Javier López Menacho, que es el que nos ocupa.

Javier López, al igual que muchos de  nosotros, se preparó para el futuro. Hizo su carrera y sus estudios de postgrado. Pensó que ese sacrificio se vería recompensado al finalizar los estudios con un puesto de trabajo acorde con su formación y bien remunerado. Pero la realidad, tras el paso académico, es muy diferente a cómo te la imaginas.

Así, Javier, o su álter ego en la narración, pasa por varios trabajos todos ellos precarios y mal pagados, rozando en ocasiones la dignidad personal. Así, va embutido en un traje de gomaespuma que simula una chocolatina; vestido de riguroso blanco con una sudadera azul, representando una reconocida marca de telefonía; o con los colores de la bandera de España y megáfono en mano animando a la selección.

La novela se divide en cuatro apartados, cada uno correspondiente a los diferentes trabajos que realiza a lo largo del libro. El primero, titulado El espíritu de la mascota, es el que trascurre bajo el pesado y caluroso traje de chocolatina gigante repartiendo el dulce en centros comerciales y ludotecas a niños. El disfraz de chocolatina sienta las bases del futuro del libro. Su protagonista comienza a escribir el día a día de la vida de una chocolatina gigante para, de alguna manera, refugiarse de su estado de perpetuo miedo y rabia a un tiempo. Miedo de no poder pagar el alquiler, de no poder hacer la compra, de no llegar a fin de mes, en definitiva. Y rabia por tener que aguantar y sacrificarse él para intentar paliar lo que otros, siempre más fuertes y poderosos, causaron. 

El siguiente apartado es La tabacrónica, donde es contratado como auditor de máquinas de tabaco. El protagonista nos narra cómo tiene que ir de bar en bar rellenando unos formularios acerca de la ubicación y los hábitos de consumo de tabaco del local. La desconfianza de los propietarios y las pocas ganas de colaborar son solo dos de los cientos de problemas con los que tiene que lidiar. 

El tercer capítulo son las Crónicas de bicicleta y en el nos da cuenta de su experiencia como repartidor de propaganda para la marca de telefonía.

Por último, en Crónicas de campeonato, el protagonista es contratado para hacer de speaker en un cine de Sant Cugat para los partidos que juegue la selección en la Eurocopa. 

Cuatro trabajos basura, como tantos otros que hay, solo una muestra de la situación por la que atravesamos los jóvenes de este país. Con este tipo de libros no puedo dejar de sentirme identificado. Esas miradas que te echan los dueños de un local cuando entras a su negocio con un maletín debajo del brazo o ese intento de vender un producto en el que no crees a otras personas y que te pone entre la espada y la pared porque, por un lado, siempre has jurado que jamás trabajarías en una cosa así, pero del otro lado tienes que comer. Así que te tragas tu orgullo y, como el protagonista en Crónicas de bicicleta, te sientes un infiltrado que trabaja desde dentro del sistema para poder desbaratarlo desde ahí. Y te lo acabas creyendo prque es la única manera en la que puedes hacer ese trabajo. 

Un libro, en definitiva, muy actual en cuanto a la situación que nos plantea, pero atemporal ya que siempre estarán los de arriba y los de abajo.