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viernes, 8 de noviembre de 2013

Leche - Marina Perezagua

LA CONDICIÓN HUMANA

Hace dos años Marina Perezagua publicaba su primer libro de relatos, Criaturas abisales, que tuvo una gran acogida por parte de la crítica y los lectores habituales del género breve. En aquella ocasión, se reunían catorce historias donde ya podíamos apreciar su particular estilo, con ligeros tintes fantásticos y gusto por personajes al borde de la locura. También su querencia por el sexo o, más bien, por la sexualidad.

Con esta nueva colección de, de nuevo, catorce cuentos, Marina Perezagua aprieta un poco más a sus personajes y, dónde en el anterior volumen era maldad, ahora se transforma en crueldad, una crueldad que llega a su máxima expresión en el último relato, el que da título al libro, Leche, donde el lector tiene que detenerse ante la escena que se nos está narrando. Una imagen difícil de borrar de nuestra memoria, y que se basa en un hecho real que ocurrió en la guerra chino-japonesa.

Pero para llegar a este último cuento antes hemos tenido que superar otra serie de escollos no menos desagradables, como la chica que finge su propio funeral para emprender una nueva vida y de paso se entera de lo que pensaban de ella (El alga); una mujer que cuida de un marido desfigurado e irreconocible tras sufrir una explosión (Él); el regreso a casa de una hija para reprochar a su padre su abandono quince años atrás (Aniversario); o el monólogo de un profesor frente a la alumna a la que van a trasplantar el corazón (Transplante). Y, sin embargo, dentro de esas vidas a punto de desmoronarse, de esa inhumanidad y esa dureza casi inherente al ser humano, vislumbramos una especie de halo poético. Así ocurre en Las islas, donde un hombre se echa al mar con una colchoneta hinchable con forma de isla fascinado por una visión lejana a la que, poco a poco, se irá acercando. Como todos los cuentos recogidos en este volumen el final es desgarrador y violento, pero la imagen de una isla de plástico en medio de un océano muestra un fuerte contenido poético y metafórico. O la historia de amor entre una mujer y un minotauro en MioTauro, con un desenlace también estremecedor. Y es que, una de las bazas de estos relatos es la resolución de los mismos; no me refiero a giros inesperados en la última frase, si no más bien a la manera en que Marina Perezagua nos va llevando a un final que sabemos que va a ser duro, pero no tan devastador como para dejarnos sin aliento.

Catorce cuentos, pues, que hablan de la vida y de la muerte, situándose casi siempre a medio camino, en la enfermedad, donde todos somos más vulnerables. Personajes muy humanos llenos de contradicciones donde sacan su peor yo en situaciones de peligro o de anhelo. Al leer los cuentos de Marina Perezagua uno tiene la sensación de que escribir es fácil ya que la escritora teje una serie de historias de difícil factura de una manera tan natural y aparentemente sencilla que te descoloca. Empiecen por el primer cuento, Little Boy, que se sitúa en Hiroshima tras la bomba y lo que cambia la vida de la protagonista, no ya por la bomba en sí, si no por las posibilidades que le ofrece esta barbarie. Lean este primer cuento, como les digo y, si no se sienten atraídos por la manera de narrar de esta sevillana afincada en Estados Unidos, cierren el libro y vuelvan al best seller policíaco. Puede que aún no estén preparados para leer a Perezagua. Si, por el contrario, les gusta y deciden continuar con el libro, tengan cuidado, pueden sentirse identificados con sus personajes.

Reseña publicada en el número 360 noviembre de la revista QUIMERA.

lunes, 22 de julio de 2013

Marina Perezagua - Criaturas abisales

Leyendo el primer cuento ya nos percatamos de la peculiar visión que tiene de la literatura Marina Perezagua. Lengua foránea narra el viaje en avión de una mujer y su compañero de asiento, algo desagradable. Mirando por la ventana, la protagonista descubre una lengua humana merodeando por el exterior y se produce el encuentro entre ambos, músculo y mujer. Claro, depende del tratamiento que le demos al texto puede quedar una cosa horrorosa o un cuento con aroma de clásico. Perezagua consigue esto último. Leemos las páginas de estos cuentos y, no ya es que nos parezca verosímil lo que nos está contando, sino que casi le damos la vitola de real. En la línea de Cortázar con voz y mirada femenina, Marina Perezagua nos demuestra lo fantástico cotidiano, esos resquicios donde se esconde lo anormal dentro de algo tan anodino como un vuelo transatlántico.


En otro relato, con un comienzo memorable, se da una quema masiva de muñecas; en otras ocasiones, se propone un mundo totalmente diferente, como en Nuevo Reino donde el mundo acuático se ha impuesto al mundo terrenal.

Los temas a tratar son universales, solo que Marina Perezagua los reviste de un velo único. Así, en Iluminaria, una pareja ahorra energía teniendo sexo en una alfombra con un generador especial; El rendido, donde una mujer es capaz de llegar hasta las últimas consecuencias con tal de proteger a su amor; o Jana y Juno, un relato de amor tan bello, poético y siniestro, que pone el broche final a un gran libro de relatos.

Otros temas recurrentes en la narrativa de Perezagua (una vez leídos también los cuentos reunidos en Leche, su segundo trabajo) es el sexo, también, como es lógico, bajo la mirada extraña de la autora. Así, en el sexo de unos octogenarios en Bodas de oro o el sexo canibal de De la mar el tiburón, y de la tierra el barón. Por último, la familia, es el tercer tema utilizado en este libro: Desraízame, por favorEl testamento; o La impenetrable  son claros ejemplos.

Llegamos, casi al final de la colección, a un relato que será la espina dorsal del siguiente libro. En La loba, un hombre avanza sin descanso en un futuro apocalíptico y amamanta con su propios pechos a niños hambrientos. Esa Leche, título del segundo libro, estará muy presente en el relato que cierra ese segundo libro, también titulado Leche, y que sirve, a su vez, de hilo de unión del primer relato y de toda la poética de Marina Perezagua, donde se conjuga familia, amor, sexo, deseo, imaginación, y una mirada personalísima en un cóctel explosivo muy recomendable.