jueves, 19 de febrero de 2015

París D.F. - Roberto Wong

La agencia literaria Dos Passos, junto con la editorial Galaxia Gutenberg, creó hace una año el primer premio Dos Passos a la primera novela. Su objetivo, dar voz a autores noveles. Esa primera edición la ganó el autor mexicano de 32 años Roberto Wong. Y he de decir que la novela es muy buena.

Arturo es un joven mexicano que acaba de cumplir los 33. Su sueño siempre ha sido viajar a París, pero como parece algo inalcanzable, se conforma con trabajar en la farmacia que lleva por nombre el de la capital francesa. Su vida se basa en el más absoluto tedio. Reparte medicina y aguanta gilipolleces de los clientes, de vez en cuando queda con Gema, su compañera de trabajo, un par de veces se han acostado. Y así van pasando los días. Arturo se deja llevar por la apatía mientras sueña con una vida más plena.

En medio de una jornada más, un ladrón entra en la farmacia. Dos tiros en la cabeza por parte de la policía acaban con el asaltante a escasos metros del propio Arturo. Este hecho altera su vida.

La novela es un puzzle donde se nos narra desde México, desde París sin salir de México (Arturo ha superpuesto ambos planos de la ciudad y hace turismo sin salir del D.F.) y, lo más importante, se nos narra desde fuera y desde dentro de la cabeza de Arturo, cada vez más desquiciado, más esquizofrénico, en un viaje alucinado hacia la locura, hacia el infierno personal que en este caso es el existencialismo más salvaje.

Gran primera novela, Roberto Wong maneja todos los recursos narrativos con gran solvencia; si bien es cierto que en ocasiones puede llegar a pecar de la utilización de esos recursos, algo natural en las primeras obras donde se intenta demostrar la valía de uno como escritor, en ningún momento se le va de las manos. 

domingo, 15 de febrero de 2015

La ley de la ferocidad - Pablo Ramos

La ley de la ferocidad se emparenta con aquellas novelas en las que el narrador, más o menos disimulado en un personaje pero que es el propio autor, nos narra la muerte de un ser querido. Desde Mi madre, de Richard Ford hasta El año del pensamiento mágico, de Didion, pasando por las españolas Tiempo de vida, de Giralt Torrente; La hora violeta, de Sergio del Molino; o Luz de noviembre, por la tarde, de Eduardo Laporte. Por no mencionar la emblemática novela de Francisco Umbral Mortal y rosa.

En este título, el alter ego de Pablo Ramos, Gabriel, vuelve al suburbio bonaerense de el Viaducto en Sarandí, para enterrar a su padre con quien nunca ha tenido una relación fácil. El cabeza de familia siempre se ha mostrado distante con su hijo. Gabriel vuelve después de cinco años para preparar el velatorio. Dos días, hasta que llegué su tío siciliano. Y después la incineración. La nada. Pero esa nada ya la sentía Gabriel desde mucho antes. Desde que abandonó el barrio y se convirtió en un hombre de provecho, no por ímpetu, no por sacrificio, sino por darle en los morros al padre, para decirle: "mírame, padre, soy más que tú. He triunfado. No como tú, peronista de mierda que jamás fuiste capaz de decir lo que sentías, de darme un beso, un abrazo, apenas una frase de cariño". Un poco por eso y otro poco por el vacío existencial, Gabriel entra en un bucle de autodestrucción a base de emborracharse, drogarse y tener sexo, o no pero si ir de clubs, con prostitutas, En el momento del entierro parece que ya está rehabilitado, pero al tener que lidiar con viejos  fantasmas durante 48 horas seguidas la recaída es inminente.

Escrito años después de la muerte de su padre y entremezclando retazos que ya estaban esbozados en diferentes soportes: en un papel, en un cuaderno, con una máquina de escribir, Gabriel reconstruye su infierno particular a la vez que la escritura le expurga de su pasado. Porque la escritura es el camino que elige Gabriel para su redención; la escritura como balsa salvadora en mitad del huracán.

Novela dura, con un estilo seco, directo, sin miramientos. No apta para todos los estómagos, Gabriel es un tipo que vomita sus palabras, porque tiene tanta mierda dentro que no le queda otra que expresarse así. La foto de la portada, un acierto; la escena de las palomas es toda una declaración de intenciones de lo que es la novela.

jueves, 5 de febrero de 2015

La librería más famosa del mundo - Jeremy Mercer

La librería más famosa del mundo no es otra que la Shakespeare and company; primero Sylvia Beach con su librería en la rive gauche, con ilustres clientes como Hemingway, Scott Fitzgerald o James Joyce. Después, George Whitman, ya con la ubicación actual, muy cerca de Notre Dame, hermanada con la librería de San francisco City lights, y con clientes no menos glamurosos: nada menos que la generación beat con Jack Kerouac y Allen Ginsberg a la cabeza, han hecho de esta librería a lo largo de las décadas un atractivo más de la ciudad de París, casi a la misma altura que la Torre Eiffel. Toda guía turística que se precie lo recoge como visita obligatoria; todo turista de pro tiene una foto en la archiconocida fachada verde y amarilla.

Hasta aquí llega un joven periodista canadiense, trasunto del propio autor, a finales del milenio huyendo de un delincuente de poca monta. Casi por casualidad se ve un día tomando té en una de las salas de la librería. Y allí se queda. Solo una semana, le comenta el huraño propietario. Un par de meses son los que estará finalmente. La librería es un especie de comuna, el propio George Whitman es un izquierdista reconocido que apoya las doctrinas marxistas. Su lema es "da lo que puedas, toma lo que necesites". Conviven entre estanterías a punto de desbordarse unos cuantos aspirantes a escritores: el poeta ex alcohólico es el más veterano, lleva ya cinco años y Whitman quiere deshacerse de él porque ocupa una sala y no permite que los clientes la exploren libremente. Pero también hay un argentino, un chino, una artista plástica y un par de dependientas hermosas. Pero por encima de todos ellos destaca la figura de George Whitman, una especie de Don Quijote moderno, que a sus ochenta y muchos años sigue siendo atractivo para las veinteañeras.

Todo es idílico en la librería, pero es un espacio mítico. La realidad es más cruda. Sus habitantes son poco menos que homeless que no durarían mucho ahí fuera. Sin casa, sin papeles, sin ingresos. La novela está contada desde un pasado que idealiza ese tiempo vivido y que posiblemente cambiara la vida al protagonista, pero  a buen seguro que las perspectivas no fueran tan halagüeñas en el momento de vivirlas. Así, la novela es amable, incluso tiene un toque edulcorado gracias a ese narrador que da testimonio de primera mano de su estancia en la Shakespeare and company, de cómo los problemas no son tales, o no tan graves, dentro de ese reducto mágico en medio de una gran ciudad. Y sin embargo, es amarga en el fondo. Son personajes desubicados, demasiado cándidos para la sociedad moderna. La amenaza exterior se manifiesta en forma de empresario que quiere hacerse con el edificio. Pero, aunque sea una utopía, o precismante por ello, hay que conservar esos espacios.

jueves, 29 de enero de 2015

El cielo de Lima - Juan Gómez Barcena

De todos es conocida la historia de Georgina Hübner, la andina que escribía cartas a Juan Ramón Jiménez declarando su admiración poética, primero, y su enamoramiento, después. El poeta, rendido ante sus encantos, se enamora perdidamente. Tanto, que decide ir a visitarla al otro lado del charco. Justo cuando se dispone a embarcar recibe un telegrama del embajador peruano: Georgina ha muerto. No menos conocido es que la tal Georgina Hübner nunca existió, sino que fue una invención de dos aspirantes a escritores, dos señoritos ricos que querían libros firmados del nobel español, difíciles de conseguir en el continente americano. A raíz de esta anécdota, el joven escritor Juan Gómez Bárcena construye la vida de estos dos limeños y de la correspondencia cruzada entre el personaje creado por ellos y el poeta español.

José Gálvez (de buena familia desde la cuna) y Carlos Rodríguez (nuevo rico gracias al negocio familiar del caucho) son los artífices de la broma. En vista de que ellos no se van a convertir nunca en poetas (saben que son malos escritores, saben que no tienen oficio, solo les gusta imaginarse siendo unos bohemios), al menos que una creación suya (Georgina Hübner) sea la musa para la construcción de una gran obra escrita por, nada más y nada menos, JRJ. Así, lo que empieza siendo un pequeño juego para conseguir algunos libros, va degenerando en la construcción de un personaje cada vez más sensual. Cada vez más sexual. Se produce un juego de espejos donde los protagonistas van creando a un personaje para hacerlo más real, mientras que el propio Gómez Bárcena va ficcionalizando a unos personajes que fueron reales. No en vano, una de las virtudes de esta narración es el juego que plantea el escritor santanderino entre ficción y realidad. Los protagonistas avistan desde su buhardilla a los habitantes limeños y los clasifican entre protagonistas y secundarios y a qué escritor pertenecen: a Galdós; a Zola; a Dickens. El propio Carlos se "enamora" de Georgina, porque es el ideal de mujer que anhela.

Tampoco es casual la elección del narrador. En tercera persona omnisciente, focalizando en todos los personajes, aunque sobre todo en Carlos. Es un narrador decimonónico, el que todo lo sabe, el que interrumpe la narración para dirigirse directamente al lector. Gómez Bárcena continúa con su juego, con esta novela que habla, sobre todo, de literatura, de su construcción.

A la vez que la pareja va modelando a Georgina, se nos describe la Lima de 1904, sus revueltas sociales, su lucha de clases. Sin caer en un exceso de datos, si que podemos entrever cómo era la capital peruana a principios del siglo pasado.

Pero el aspecto más destacado es, sin duda, la capacidad narrativa de Gómez Bárcena, el sentido del ritmo que le impregna a cada una de sus páginas, dominando la narración desde un primer momento; algo casi insultante en una primera novela. Espero hacerme pronto con el libro de cuentos Los que duermen, publicado también por Salto de página.

jueves, 22 de enero de 2015

Sueños de trenes - Denis Johnson

No recuerdo muy bien cuando leí Hijo de Jesús (en aquella colección de Debolsillo que llevaba un 21 y que estaba compuesta por autores como Foster Wallace, Palahniuk o Letehm, entre otros. Por cierto, el año pasado Random reeditó Hijo de Jesús). Debió ser hace diez o doce años, cuando me encontraba perdido en la facultad  y no sabía qué rumbo iba a tomar mi vida, hacia dónde quería redirigirla. Aquellos años fueron los que me formaron como lector. No fui un niño muy lector (aunque si me recuerdo leyendo libros, sobre todo en verano), ni tampoco un adolescente que devorara hojas. Fue en la veintena cuando empecé a descubrir autores, obras, librerías. Iba picoteando de aquí y de allá, sin mucho criterio, un poco por impulso y otro poco por lo que recomendaban diversas revistas. Supongo que una de las recomendaciones fue Denis Johnson. Del libro, tampoco tengo un especial recuerdo. Un libro de cuentos con algún tipo de relación entre ellos y personajes extravagantes (hablo de memoria, que conste. Igual estoy metiendo la pata hasta el fondo. Podría revisar de qué iba, pero prefiero dejarlo estar). No se parecía a nada de lo que hubiera leído hasta entonces pero, ya digo, tenía pocas lecturas encima. Ahora puedo aventurarme y decir que, si la memoria no me falla, se puede emparentar un poco con Bukowski o Carver. Tengo que releer ese libro.

Toda esta introducción larga e innecesaria para situar un poco la elección de un libro u otro a la hora de abordar mis lecturas. Dejé pasar Árbol de humo, en su momento no me interesó, pero he oído maravillas de él y al final seguro que caerá. Y este mes ha salido Sueños de trenes, una nouvelle que no hay que perderse.

En ella se nos narra la vida de un don nadie. Se llama Robert Grainier pero qué más da su nombre si ni él mismo tiene muy claro si nació en Estados Unidos o Canadá; si una vez muerto en su cabaña, tardan en encontrar el cadáver más de seis meses. Y eso que, como otros cientos de miles de trabajadores, contribuyó a la modernización del continente americano. Trabajó para diferentes empresas, construyendo puentes que acortaban las distancias y hacían la vida un poco más fácil a la hora de desplazarse. O cortando árboles. O de transportista. Pasó temporadas fuera de su hogar, apenas un terruño en mitad del Oeste americano. En una de esas ausencias, ocurre. Lo imprevisto. La catástrofe. Sin embargo, Robert Grainier no se replantea su vida sino que sigue, más o menos, como hasta ahora. Trabajando. Huraño. Casi invisible.

La prosa de Denis Johnson es seca, como la tierra en la que habita su protagonista. No le hace falta mucho alarde técnico para contar toda una vida gris y monótona en medio de un país en constante evolución. Johnson sazona esa sequedad con tintes de humor absurdo; en ese sentido, es impagable la conversación entre Robert Grainier y un hombre que ha sido disparado por su perro. Además, aparecen pinceladas de carácter epifánico o simbólico, lo que convierte este pequeño texto, en cuanto a dimensión, en una obra inmensa.

viernes, 16 de enero de 2015

Los hermosos años del castigo - Fleur Jaeggy

He de reconocer que no conocía nada de esta autora suiza cuya lengua de expresión es el italiano hasta que no leí una reseña de la escritora sevillana Sara Mesa para Estado Crítico (curiosamente una reseña no demasiado positiva. Podéis echarle un vistazo aquí). La obra en cuestión, El dedo en la boca, no era la más representativa de Jaeggy; era la primera novela que publicaba y, en palabras de la propia Sara, "es una historia a medio cocer". Sin embargo recomendaba dos novelas breves con las que poder iniciarse en el universo de la escritora suiza: Los hermosos años del castigo y Proleterka. Como ambos compartimos admiración por el "raro" uruguayo Mario Levrero y, por mi parte, considero la obra de la propia Mesa como una de las voces más originales del panorama narrativo español, me hice con el libro que intentaré comentar a continuación.

He leído, a posteriori, críticas positivas y negativas de esta nouvelle. Lógico. Sin embargo no deja de ser curioso que gran parte de esas críticas, tanto las positivas como las negativas, se basaran en el mismo punto de partida: su prosa está compuesta por frases sencillas, breves, asépticas, deslavazadas en recuerdos de los años de la protagonista en un internado de Appenzell. Y aquí viene la diferencia; para los detractores, esas frases se les quedaban en nada, en vacío, en un no contar. Para los partidarios de este texto, esa aparente vacuidad está cargada de un ambiente sombrío, claustrofóbico, de una sexualidad latente que está aflorando en las muchachas internas en el cantón suizo. Y es que esta novela no tiene acción, es reflexiva, sensorial. Entiendo las dudas de los que no comulgan con este tipo de escritura. Son poco más de cien páginas, me lo leo en poco más de una hora y ya puedo poner otro palote a mi lista de libros leídos. La manía de la cantidad por la calidad. Pocas páginas, de corrido lo tengo hecho. Pero no es así, Los hermosos años del castigo es una novela densa, en tanto en cuanto que precisa de un lector predispuesto a completar lo que calla la narradora. Porque esas frases simples esconden una complejidad en su interior que no se te va a desvelar; eres tú, lector, el que tiene que participar. Ahí es donde entra la Literatura. Esa que siempre hay que escribirla con mayúscula. La que se nutre de autor y lector y no se entiende sin la aportación de uno sobre el otro y del otro sobre el uno. La Literatura es bidireccional. Lo otro son historias. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Angustia - José Ángel Barrueco

Hace ya tres años de la primera novela de la trilogía de la vida de José Ángel Barrueco. Ese primer libro llevaba por título Asco, y giraba en torno a un viaje con todo programado. Hablaba del egoísta que todos llevamos dentro. Del profundo asco que sentía por estos pasajeros. Pero también de la vida. Del gozo de las pequeñas cosas.

Esta segunda parte se centra en la pérdida, la de la madre enferma de cáncer. Al igual que en Asco, la novela está narrada en primera persona, a modo de diario, casi de notas que vas apuntando en una moleskine. No son buenos tiempos para el protagonista y su familia, una serie de desafortunados acontecimientos han ido mermando la estabilidad que con grandes esfuerzos parecía que habían conseguido. La enfermedad de la madre, cáncer, es el detonante definitivo. Barrueco vive con M, su novia, en Madrid. Es difícil desplazarse de continuo a Zamora, su ciudad natal. Allí están sus hermanos y familiares cuidando de la progenitora. Viajes por Europa, invitaciones a presentaciones de libros propias y ajenas, citas con editores, son tareas que no puede descuidar uno. Pero por debajo late ese sentimiento de culpa por no poder estar del lado de la persona que te dio la vida todo el tiempo que te gustaría.

Paralelamente a la muerte, la vida: M está embarazada. La pareja se debate entre la inmensa alegría de la llegada de un nuevo ser, tu propio hijo, y la desesperanza más absoluta ante una marcha inminente por más que intentes agarrarte a una mínima esperanza, casi nula.

Barrueco va insertando a lo largo de las páginas pequeñas citas de diferentes libros con las que construye un mapa de la pérdida. C.S. Lewis, Bernhard, Cronenberg, Richard Ford, Eduardo Laporte o Juan Gracia Armendáriz, son solo algunos de los nombres que aparecen en este libro.

Sincera. Ese podría ser el adjetivo que más se aproxima a la escritura del escritor zamorano. Libre de todo efectismo, Barrueco compone un texto desgarrando su interior para honrar la memoria de su madre. La descendencia y el arte es lo que queda de uno cuando ya no está. No se me ocurre mayor homenaje que recordar a tu madre por escrito (o cualquier otra manifestación artística). Así nunca se irá del todo

Ansiedad cerrará la trilogía y versará, a priori, sobre la vida de ese bebé, de la paternidad. Ojalá no tengamos que esperar tres años más para poder disfrutarla.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Mis mejores lecturas del 2014

Es tan aburrido el que adora la Navidad como el que la detesta; el que hace listas como el que las rechaza de lleno. Así que ahí va la mía, sin pretensiones, por orden de lectura y leídas en 2014, no publicadas en este año que acaba.

1. Por el camino de Swann, Marcel Proust, Alianza editorial.

2. Técnicas de iluminación, Eloy Tizón, Páginas de espuma.

3. ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, Hillel Halkin, Libros del asteroide.

4. Juego y distracción, James Salter, Salamandra.

5. La muerte del padre, Karl Ove Knausgard, Anagrama.

6. Barbarismos, Andrés Neuman, Páginas de espuma.

7. Canciones de amor a quemarropa, Nickolas Butler, Libros del asteroide.

8. El vigilante, Peter Terrin, Rayo verde.

9. El círculo, Dave Eggers, Mondadori.

10. El idioma materno, Fabio Morábito, Sexto piso.

Un clásico, un libro de cuentos (o dos, si contamos el de Neuman; o tres, si contamos el de Morábito), dos novelas distópicas, una novela de no ficción (o real-novela, o como queráis llamarla con la manía de nombrar) y tres novelas "al uso". El año que viene más.


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Nueve - Rodrigo Hasbún



Elegido por la revista Granta en 2010 como uno de los 22 mejores autores de lengua española menores de 35 años, Rodrigo Hasbún (Bolivia, 1981) recopila en este libro nueve cuentos ya aparecido en otras publicaciones suyas, incluyendo el único libro editado en España hasta la fecha, Los días más felices (Duomo, 2011).

Nueve relatos cuyo eje central, los cuentos cuatro, cinco y seis, están conectados entre sí. Así, en Futuro, un grupo de estudiantes realiza un viaje de fin de curso. El narrador va focalizando en los distintos compañeros de clase, cada uno con sus sueños, sus ansías de comerse el mundo, pero también su miedo al futuro, ese que parece que se abre más ampliamente cuando se cierra un ciclo vital en nuestras vidas, como puede ser el caso de una graduación. En Reunión, los mismos protagonistas se dan cita años después. Como era de esperar, la vida no les ha tratado por igual. Por último, Los nombres da cuenta de un nuevo encuentro entre estos antiguos compañeros, ya amigos, y como uno de ellos comienza a salir con la amiga de la hija de otro de los amigos.. Tres cuentos tristes, que dejan un poso amargo, como el resto de las narraciones que componen el libro.

Quizás, los dos más terribles sean Syracuse, donde unos alumnos de un taller literario redactan sus diarios y donde Russo y Grace comienzan con un juego que se les va de las manos; y Tanta agua tan lejos de casa en el que un grupo de amigas organizan un viaje en el complejo hotelero de una de ellas. Este cuento tiene un marcado estilo decadente y gris, lo que no deja de resultar llamativo teniendo en cuenta que el resort se encuentra en plena playa idílica.

La soledad, la imposibilidad de relacionarse o las relaciones sociales son solo alguno de los temas que retrata Hasbún con un estilo algo lacónico aunque certero. 

Narraciones todas ellas ancladas en el pasado. Incluso la titulada Futuro no es sino la visualización de algo que va a llegar y que irremediablemente será peor de lo que imaginamos por lo tanto se volverá la vista atrás para recordar aquello que añoramos, aquello que nunca llegó a existir pero que ya habíamos idealizado.

Mondadori publicará el año que viene su novela Los afectos. Estaremos pendientes.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Física familiar - Jon Bilbao

Por el año 2008 me encontraba trabajando en una librería, la primera vez que trabajaba en una. Siempre me había apetecido hacerlo y hoy, tres librerías después y seis años más tarde, sigo cada día rodeado de libros. El trabajo es menos idílico de lo que imaginaba en aquel año pero sigue dando alguna que otra alegría. Sobre la mesa de novedades de aquella primera librería, un libro me llamó la atención: Como una historia de terror, de un tal Jon Bilbao y editado por Salto de página. Ni idea, ni autor ni editorial me sonaban. Lo hojeé. Era un libro de relatos, género al que tengo especial cariño. Estuve tentado a comprarlo en varias ocasiones, pero trabajar en una librería es una condena para el bolsillo así que lo fui dejando. El libro desapareció de la mesa de novedades y no me volví a acordar de él.

Un par de años después aparecía en Páginas de espuma el libro que confirmaba el repóker del cuento en el mundo hispanohablante, Pequeñas resistencias 5. Jon Bilbao era uno de los antologados; Rata, su cuento. Me gustó mucho su relato inquietante ambientado en el mundo de la empresa. Fue de los mejores del libro. Aprovechando un viaje que hice a Bilbao por esas fechas para ver a una antigua novia, mientras ella estaba en clase yo me acerqué a Bidebarrieta, la biblioteca del casco viejo. Leí la mayoría de los cuentos de Bajo el influjo del cometa. Cuando volví a Madrid me hice con ese mismo libro aparte de Como una historia de terror que, curiosamente, sigo sin leer. Bilbao tiene también varias novelas publicadas, pero de eso hablaré en otra ocasión. Hoy toca cuento.

Toda esta larga digresión para hablar de la tercera colección de relatos del autor asturiano. En realidad, el libro está compuesto por 3 relatos, publicado originalmente por la editorial Nobel y por el que obtuvo el premio Asturias joven de Narrativa. Un libro inencontrable a día de hoy (y revisado para la nueva edición). La segunda parte se compone de cuatro relatos publicados en diferentes antologías de las que ha sido partícipe. Por último, la tercera parte consta de tres relatos inéditos. A todos ellos, sin embargo, les une el nexo de la familia en sus diferentes variantes: parejas, hermanas, amistades, padres e hijos.

Como en toda colección de relatos hay unos por encima de otros, sin embargo, el conjunto no desmerece lo más mínimo. La escritura de Jon Bilbao es un cruce entre Julio Cortázar y Raymond Carver. Toda comparación es odiosa y es fácil hablar de estos dos monstruos del relato, cada uno en su estilo, a la hora de hablar de un cuentista, pero es más complicado que en la escritura de un autor se aúnen estos dos estilos tan diferentes y salga airoso. Más que nada porque el estilo que da como resultado es el suyo propio, el estilo Jon Bilbao. Esto es, a vuelapluma, una realidad cotidiana, casi cayendo en la rutina donde solo asoman pequeñas grietas por donde vislumbras que algo va a suceder, que algo no va bien, en esa calma va a pasar algo inesperado. Ese algo que puede ser un elemento digamos fantástico dentro de la realidad. El becerro de Lego sería un buen ejemplo de lo que trato de explicar.

Historias todas ellas oscuras, inquietantes, Bilbao domina el tempo narrativo, insinúa sin mostrarnos, crea atmósferas decadentes y nos deja tambaleándonos tras la lectura, con el final abierto, elucubrando una posible salida, si es que la hay.