
Porque esta segunda parte sigue la misma tónica que la primera, esto es, nos encontramos frente a un autor que reflexiona con mucha ironía, pero también con mucho sentido común, sobre política, trabajo, familia o amistad. Que relee constantemente a Montaigne y a los clásicos y que adora a su gato Borges, al que considera bastante más humano que muchas personas.
Es curioso pero al leer a este autor tengo la sensación de estar leyendo a un clásico; si no fuera por las referencias a acontecimientos actuales, parecería que Uriarte es un personaje de finales del XIX y principios del XX. Además es de esos libros agradecidos que abres por la mañana, lees un par de párrafos al azar, y ya tienes para darle vueltas a la idea en tu cabeza durante el resto del día.
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